jueves, 26 de junio de 2014

Unterwegs nach Prag

Un día en Praga
(y cómo sobrevivir a ello)

Un bus a las 23:50 de la noche, con su buena hora de retraso, una mochila con una manta enorme y azul y una almohada en la que pone "I'm very happy in my bed". Más: cámara, cartera, un libro y muchas muchas ganas. Así comenzó mi viaje a Praga.




El autobús empezó a rodar a eso de las 12 y media del viernes noche desde la estación de Heidelberg, con todos sus asientos llenos hasta el techo y gente que no sabía ni donde estaba del sueño que traía encima y al que no tardamos mucho en seguir.
A las 6 y media de la mañana, el autobús hizo su última parada y nos dejó a los pies de la maravillosa capital checa: Praga.


Lo primero que hicimos fue buscar un lugar para cambiar el dinero a coronas checas. Nuestro primer intento fue hacerlo –inocentes de nosotros– en la estación donde, aunque el cambio no estaba del todo mal, nos obligaban a pagar un 20% de comisión. ¡JÁ! Como locos, empezamos a desesperarnos pr no encontrar nada hasta que, a unos quince minutos de la estación, encontramos un kantor (o como se llame) que sólo nos pedía un 5%. Aunque no era la mejor opción, cambiamos para no arriesgarnos y ya pudimos empezar a disfrutar de la ciudad sin prisas.

Praga es una capital centroeuropea bastante típica. Tiene sus grandes edificios intercalados con calles sucias y pequeños rincones que esperan en las esquinas para sorprenderte y estamparte una gran sonrisa en la cara y un objetivo precioso para tu cámara.


Pero cuando entras a sentir la ciudad, te pierdes en los pequeños detalles y te olvidas de que estás en una capital enorme para vivir en un sueño. Acabas dejando de mirar hacia arriba y aprendes a mirar a tu altura para descubrir aquello que no todos acaban encontrando.

 

No obstante, nuestra prioridad fueron los "must see" de la ciudad. La Torre de la Pólvora nos sorprendió primero y nos acompañó a la vista hasta que llegamos a la Plaza de la Ciudad Antigua, en la que se encuentra el famoso reloj astronómico, reloj medieval más conocido del mundo, construido en 1940:


También fue un día de globos, ya que, entre el día contra el cáncer de mama (globo rosa) y una exposición de la Unión Europea (globo azul), no nos faltó uno en toda la visita.
Ah, y también descubrimos un Museo de la cerveza:


Una de las primeras paradas planificadas fue el Clementinum, antigua sede del colegio jesuita y de la universidad. El Clementinum se divide en tres partes, la planta baja es la sala de los espejos, con un órgano original del siglo XVIII que tocó el propio Mozart.
La segunda plantaes la que se ve en la fotografía: una biblioteca barroca, una de las imágenes más bonitas de Praga, aunque nos encontrásemos con los estantes vacíos.


Y la tercera planta es la torre astronómica, en la que se encuentra el sextante de Kepler. Al principio era utilizada como un simple mirador, pero su uso se expandió a actividades astronómicas.


Uno de los puntos más importantes que tiene esta torre es una especie de hilo que, cuando el sol lo atravesaba, señalaba el mediodía y, desde esa torre, se le comunicaba a los habitantes de Praga.


Devolviendo los pies a la tierra y con parada para comer espaguetis acompañada de un poquito de lluvia, cruzamos el puente para nuestra siguiente parada, el Castillo de Praga.
Aunque de postre nos alcanzaron 50 coronas para comer un trdelník, postre típico checo:


El Castillo de Praga data del siglo IX, es el castillo más grande del mundo y el más importante de los monumentos de la República Checa. Está constituido por una serie de palacetes y edificios eclesiásticos conectados por callejuelas pintorescas.

Vistas desde el Antiguo Palacio Real

Uno de los edificios más bonitos es la Catedral de San Vito, símbolo de toda la República Checa, con una historia importante y un valor artístico increíble. Las vidrieras y el rosetón nos dejaron con la boca abierta.


No obstante, lo que íbamos a coger con más ganas es el Callejón del Oro. Es uno de los rincones más acogedores del interior del castillo. Está ocupado por pintorescas casitas de colores construidas en el muro del castillo que antiguamente habitaban orfebres de la ciudad y que en la actualidad albergan tiendas de diferentes clases de artesanía.


Entre ellas, la casa azul, el número 22, es la diana de más fotos y visitas, pues es la casa en la que Kafka, escritor del siglo XX, vivió entre 1916 y 1917. En su lugar, hay hoy día una librería en su honor, en la que me compré por fin el libro de la Metamorfosis.


Agotados como estábamos, intentamos parar unos minutos en un césped a descansar, pero una plaga de bichos nos obligó a levantarnos al poco tiempo. 
Al mirar al cielo, se nos alegró el alma. Los nubarrones por fin habían desaparecido por completo y nos dejaba una vista tal que así que pedía a gritos otra siesta en el césped.


Al llegar de nuevo al centro, nos encontramos con una exposición de la UE en la plaza de la Ópera, donde conseguimos nuestro segundo globo. 
Nos quedaban por visitar dos puntos clave, uno de ellos era el barrio judío, con el cementerio judío de 1439 y las seis sinagogas. Lamentablemente, el día de la visita era sábado y, por ello, todo lo relacionado con los judíos estaba cerrado y no pudimos visitarlo.
En cambio, tomamos un largo (laaaargo) paseo por el río Moldava:



... para acabar con la última cosa que ver apuntada en la lista de Sara: la casa danzante de Praga.
Es un edificio deconstructivista que tuvo mucha polémica en el momento de su construcción (1996) debido al gran contraste que generaba. No sé muy bien si hoy es simplemente un edificio de oficinas.


Y así acabó nuestra visita a Praga. Por desgracia, el cielo clareaba y no nos dio tiempo a visitar las maravillas que la ciudad ofrece de noche, así como tampoco a perdernos y descubrir detalles más recónditos; lo cual no es del todo desastroso porque nos ha obligado a querer volver con todas nuestras fuerzas. Y la próxima vez, ¡será más de un día!


El autobús nos dejó en Heidelberg a las 4 y media de la mañana y tuve que pasearme por el centro con mi almohada de "I'm very happy in my bed" hasta llegar a casa, donde mi cama me esperaba con unas ganas increíbles de dejarme tiesa hasta las seis de la tarde.

¡Hasta pronto, Praga!


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