miércoles, 14 de mayo de 2014

Bélgica (Bruselas, Gante y Brujas)

Bélgica: ampliando horizontes

¡Nuevo país, nueva compañía y mucha ilusión! 
 (Seguimos en febrero, retraso desproporcionado).


Con un madrugón desproporcionado, Bill y yo nos enfrentamos a unas cuantas horas de tren camino a Brusela; aunque bien podría habernos costado la mitad, puesto que los controladores sólo nos pedían el billete a uno de los dos. Llegamos a la Gare Central y pedimos un mapa prestado, pero en el momento en que salimos a la calle, llegó la hecatombe.

 
No teníamos ni idea de dónde estábamos, de cómo llegar a la casa, nadie más sabía ni de la existencia de la calle, ni siquiera de qué dirección tomar, derecha o izquierda, al salir de la estación. Íbamos cargando con la mochila y un plus de maleta que tenía que darle a Elena, y más de un gruñido de malos humos se nos escapó.
La suerte nos sonrió por fin y encontramos un mapa en el que venía la calle perdida Rue de Camusel. Y al llegar a la casa, ya estaba Ricis esperándonos.

Bárbara, la chica que nos estaba alquilando la habitación, se ofreció a llevarnos a dar una vuelta por el centro de la ciudad mientras esperábamos a que llegara Heidi.


Nos llevó a la plaza central, la más importante de Bruselas, y a partir de ahí, bordeamos los sitios más importantes.
El Manneken Pis fue, por supuesto, una de las paradas más importantes. Descubrimos que una de las aficiones más entretenidas de los belgas estos es ponerse a ponerle vestiditos a esta pequeña estatua, ya sea por fiestas nacionales, por eventos importantes o incluso fraternidades que visten con su uniforme al chavalín. También nos contaron que esta poquilla cosa ha sido ya robada siete veces..., ¡un trofeo de borrachos!


Nos metimos por lugares recónditos y bonitos, unas vistas increíbles de Bruselas pudimos disfrutar al lado de un ascensor gigante callejero al lado del Palacio de Justicia. Y el castillo de los reyes de Bélgica, aunque actualmente no vivieran ahí, fue una de las cosas que más nos impresionó.


Si hay dos cosas que distinguen a Bélgica, son su cerveza y su chocolate. Y aunque la cerveza alemana me parezca mejor, ambas cosas estaban horriblemente deliciosas.


¡El chocolate fue una pesadilla! Chocolaterías con muestras gratuitas, tiendas de gofres en cada esquina... ¡Si por nosotros hubiera sido, nos habríamos dejado todo el dinero en cualquiera de ellas! Pero conseguimos controlarlo a un gofre por día... Y demasiado que nos cortábamos.


Esa misma tarde nos comimos uno delicioso para inaugurar a la bonica capital de chocolate blanco y chocolate con leche. Buf, nada más recordarlo... ¡La foto lo dice todo!

La tarde pasó y llegaron las ocho. ¡Heidi había llegado! Ya estábamos completos y preparados para lo que se nos echase encima.



El día siguiente amaneció con un frío de cojones pero un sol bueno que iría desapareciendo hasta que nos cayó el diluvio universal, y fue el único día que pudimos coger para una visita guiada por Bruselas.
Empezamos en la plaza central, visitando la casa donde vivió Marx y un pequeño mercado de flores.


El guía nos llevó callejeando y conforme cruzábamos calles descubríamos pequeñas obras de arte en cada recoveco.


Bélgica es un país que, a parte de la cerveza y el chocolate, es un gran productor de cómics. Tin tín es un gran ejemplo de ello, y los belgas no tienen pegas en presumir de ello.

Además, el guía nos mostró unos cuantos marcianitos pintados en la pared tales como este:


No se encuentran sólo en Bruselas, sino en muchas otras ciudades, entre las que se incluye gran parte de Francia como París. Nadie sabe quién pinta este marcianito, pero hay algunos locos que se han dedicado a buscar otros ejemplos y dicen que, marcándolos en un mapa, tienen la forma de un marcianito gigante. ¿Es cierto? Ni idea... ¡Pero es tan gracioso!

La visita guiada nos dejó muy poco por ver, y ese poco fue el Parlamento europeo y el conocido Atomium y, aprovechando el tiempo como unos locos, corrimos a la otra punta de la ciudad para ver estas famosísimas bolas de metal:


Por desgracia, los belgas cumplen el toque de queda inglés y a las siete que llegamos ya estaba cerrado y no pudimos visitarlo por dentro, al igual que el parque temático de Pequeña Europa (con maquetas en miniatura de todos los monumentos europeos más importantes), cosa que nos mató a rabiar.
Pero contentos con lo visto, cogimos otra vez el petadísimo tram y volvimos al hogar dulce hogar.


El día 27 amaneció con nubarrones negrísimos. Y fue el peor día que pudimos desear, porque era el día en el que habíamos comprado nuestro viaje para Gante y Brujas.

  • Gante
La primera parada del día de excursiones fue la ciudad de Gante. Gante es la capital de la región de Flandes oriental, la parte Flamenca de Bélgica, es decir, dutsch por todas partes y nosotros sin enterarnos de nada. Por desgracia, la visita fue muy corta y empapada, utilizando todo el tiempo libre en estar refugiados en una iglesia escuchando a un hombre tocar el arpa como un ángel.


La ciudad nos resultó un poco gris, tal vez por las prisas o por el tiempo tan horrible que hacía, pero a su manera de ser, era también algo precioso. Los canales muy oscuros y todo bastante marrón, muchas iglesias en un espacio muy pequeño y ni una tienda de souvenirs a la vista.

Lamentablemente, no la pudimos disfrutar como ella se merecía, pero espero que tengamos la oportunidad de volver a ella.


  • Brujas
La segunda parada y la clave del viaje, fue la preciosa Brujas.
 

Conocida como "la Venecia de Bélgica" (que por ahora ya he conocido muchas "Venecias de..." y todavía me falta la importante), Brujas es una ciudad maravillosa, capital de la Flandes occidental. Su casco histórico es patrimonio de la Unesco y es una ciudad que hay que volver a visitar.


En esta ciudad sí que nos metimos a fondo, ya sea porque tuvimos más tiempo libre, porque el tiempo ayudó bastante o porque nos encontramos con nuestra querida Chochis, pero la mejor impresión del viaje fue esta sin duda.


Tuvimos oportunidad para todo, desde ir a un Carrefour express para ahorrarnos comprar comida cara hasta comprar gofres con el dinero que nos había sobrado. ¡Y vaya gofres!


¡Incluso la gente era preciosa! Conocimos a una pareja de ancianos argentinos que casi había dado la vuelta al mundo, unos albañiles nos dejaron pasar a una casa típica que estaban reformando para poder echar un vistazo desde los áticos triangulares estos que tienen, y un argentino guapísimo se ofreció a hacernos una foto. Mamma mia!


Y con un sol radiante, nos despidió la ciudad y cogimos el bus de nuevo rumbo a Bruselas.
 
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Llegamos reventadísimos y cogimos la cama con unas ganas tremendas. Al día siguiente nos esperaba un largo viaje. 
Temprano en la mañana, Bill y Ricis se fueron en bus. Con unos cuantos percances, como habernos confundido de estación y esas cosas, pero llegaron a tiempo gracias a dios y se perdieron de vista. Pero a Heidi y a mí nos quedó tiempo para hacer las cosas que se nos habían quedado en el tintero, como ir a un museo de libros, visitar el parlamento europeo...
 

 
 
... comer más gofres...
 
 
 
... y hacer un poco más el tonto, que nunca está de más.



Y por último, lo que hizo el viaje aún más increíble fue poder ver a mi italiana favorita y a una de las personas que más echo de menos :)



¡Gracias por todo, Elena! Heidelberg vermisst dich!
 

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