domingo, 22 de junio de 2014

Semana santa poco santa

Semana Santa poco santa

La Semana Santa en Alemania no existe tal y como la conocemos aquí. Celebran la Pascua (Öster), y con muy pocos días festivos, por lo que no merecía la pena bajar a casa. Así pues, futura compañera de piso y yo decidimos pasarla juntas.

Vino a visitarme a Heidelberg un viernes santo con la buenísima suerte de coincidir con una de las infinitas fiestas temáticas: ¡¡años 20!!
Con dos boas de plumas (que dejaron restos por toda mi habitación), collares de perlas de plástico, un par de boquillas hechas con palos de comida china decorados con pintura de uñas negra... ¡Y listas!





Aprovechamos el día siguiente, descanso en nuestra apretada agenda de viajar y hacer de todo, para visitar el resto de cosas que nos quedaron en Heidelberg, sobre todo, el castillo y sus jardines.
No era la primera ni sería la última vez que visitaba el Heidelberges Schloss, uno de los lugares con más magia de la ciudad. Si lo visitabas con cautela, poniendo buen cuidado de adónde mirar y prestando atención a lo que te decían sus piedras, podías llegar a ver cada una de las capas de la historia de este castillo. Las veces que fue quemado, los distintos reyes y emperadores que vivieron en él, incluso podías escuchar corretear a un joven Carl Theodor por sus pasillos medio derruidos.


Tuvimos la inmensa suerte de visitarlo un sábado, lo que nos dejó entrada libre, si bien no al interior del castillo como tal (donde recordemos, está el barril de cerveza más grande del mundo y un museo de la farmacia), al interior del recinto, donde disfrutamos de esas vistas tan maravillosas y alucinantes que sólo esta ciudad sabe darte.

Entre fotos desprevenida, y muchas muchas risas, nos encontramos con un joven amigo comiendo en lo verde. Ahora bien... ninguna de las dos teníamos la más remota idea de qué clase de animal este cabra-buey-vacaconpeloycuernos era. (Y a día de hoy, seguimos sin saberlo).

¿¡Qué eres!?

El paseo por los jardines nos llevó a meternos por un par de caminos perdidos en la montaña, recordemos que es la Königstuhl. Paseamos hasta que atardeció visitando casitas perdidas y terrazas con encanto inigualable (y unas buenas barbacoas que esperaban el verano, el sol y su calorcito con tanta ansia como nosotras).


La mañana del sábado empezó como una locura, un viaje de autobús inesperado hasta una de las ciudades más bonitas que he visto en mi vida:

- ESTRASBURGO



La venecia francesa nos recibió con un día gris acorde a los colores tranquilos de sus casas. Fue tan tan bonita que nos cautivó desde el primer segundo. Tuvimos sólo 6 horas para conocerla y disfrutamos como dos enanas en un país de caramelo. 
Nos dejamos llevar por sus calles llenas de magia, por su catedral coja, y por todos los colores que se pueden esconder en el reflejo sobre el agua de sus casas blancas y negras.


Era tan bonita que nos dio hasta un poco ansiedad porque no pudiéramos disfrutarla en su totalidad y porque no pudiéramos compartirla con el resto del mundo. 


Paseamos hasta que nos reventaron las pies, rodeados del rumor del agua y el acompañamiento de alguna guitarra y algún que otro violín que tuvimos la suerte de encontrar.


El poco tiempo no nos dejó mucho más por visitar intensamente que la catedral y sus calles, pero esa parada nos mereció la pena. En 1517 se había acabado ya la construcción del reloj astronómico que decora su interior y que constituye una de las partes más representativas de la misma.


La parada para comer vino pronto. Aprovechamos el primer sitio que encontramos para probar la famosa y típica "tarte flambée", una comida tradicional, que tiene su origen en los hogares pobres que la hacían con todo lo que encontraban por casa: restos de pastas, cebollas, tocino, queso y crema, horneada en horno a carbón de leña.
Vamos, ¡una pizza finísima y con cebolla! 
Veredicto: ¡INCREÍBLE!


La digestión la bajamos con un par de postres más y más paseos por la ciudad de ensueño hasta que  llegó la hora de irse, en la que el cielo nos regaló un sol maravilloso para completar un día redondo lleno de maravillas.


Estrasburgo se quedaría para siempre grabado en nosotras :)


Volvimos a Heidelberg con una cena de chocolate fundido y frutita sana, ¡una delicia para todos nuestros sentidos! 

El día siguiente nos esperaba con otro viaje programado, esta vez con la Uni Heidelberg:

- TRIER

Una ciudad palatina casi en la mismita frontera con Luxemburgo, a un poco más de Francia y a un pelín más de Bélgica.


La primera parada fueron las ruinas de las termas romanas de Costantino I, del siglo VI, por las que dimos un paseo rodeados de una explicación en alemán de las que cogimos algunas palabrillas sueltas. Estaba situado justo al lado del anfiteatro, por el que también pasamos a dar una vuelta.
Lugar de interés vital y obligado, aunque quizás no el más importante.


La segunda parada obligatoria, al final de la calle principal, era la PORTA NIGRA. Erigida en la época romana, monumento emblemático de la ciudad. Info de wikipedia: "esta puerta monumental fue construida hacia el año 180 como puerta de entrada septentrional de la ciudad de Augusta Treverorum al país del Trévires. Su nombre procede del color oscuro de la piedra, debida a la pátina de los años".


Después vimos un paseo por la ciudad, visitando el palacio, la casa de los Reyes Magos y la plaza central. La siguiente parada con nombres y apellidos fue la Casa-Museo de Karl Marx:


Finalmente, un paseo nos llevó hasta este valle (o Wiese) donde paramos a comer. Y al poco tiempo, tomar el camino de vuelta, con un último paseo, y nos llevó de vuelta a la bella ciudad de Heidelberg.



El último día fue totalmente de relax después de tanta aventura. Y Heidelberg nos recibió con un sol enorme y una gran sonrisa.


¡Hasta la próxima, Rizos!

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