martes, 18 de marzo de 2014

Berlín

Berlín

Dresden nos había dejado con un gran sabor de boca y a tres horas de la capital alemana: Berlín. El autobús, de una sola parada, se hizo mucho más ameno y utilizábamos los carteles que veíamos por las ventanas como cuenta atrás impacientes. Entre cámaras preparadas y culos planos del sillón, llegamos a la gran ciudad. 
Desde el mismo autobús, nos hicieron una visita guiada por la parte más improtante del Berlín Este, y nos bajamos frente al gran estadio de O2 para la primera visita estelar: EL MURO DE BERLÍN




Fue una de las cosas que me quedaron por visitar la primera vez que vine aquí con mis padres, algo que esperaba ver con muchísimas ganas, y lo primero realmente característico que vimos.


El autobús paró a la mitad de la carretera y el guía nos dijo: Venga, os recogemos en 30 minutos. Como locos e ilusionados, bajamos e hicimos mil fotos en los primeros dibujos, pero antes de que nos diéramos cuenta, el reloj marcaba que quedaban cinco minutos para que nos recogieran y empezamos a correr como tontos de un lado para otro con la cámara colgando.


Creo que pasamos realmente más de media hora visitando el muro, porque para reunirnos luego a todos desde cada punta, tuvimos que esperar bastante.


No sé cuántos carretes de todas las cámaras que llevamos se gastaron en el muro, pero seguro que fueron más de una. 
Finalmente, volvimos a subir al bus y acabamos el tour sobre ruedas. El cacharro nos dejó en el albergue (all in hostel) que, gracias a todos los dioses y por desgracia de la dieta, estaba al lado de un supermercado (Kaiser) con un millón de tabletas milka de sabores diferentes.
La cena corrió por cargo del super y el postre fue un yogur más milka, y la cerveza fue por cuenta de un pub de rock que nos encontramos de casualidad. Pasado ya el día, la cama nos acogió con ganas después de muchas emociones.


La mañana del viernes llegó demasiado pronto, puesto que me tuve que levantar a las 6 para poder ducharme (siete personas vs un solo cuarto de baño), pero fue una lucha victoriosa y con agua calentita.
El buffet, no tan genial como el de Dresden, nos valió igualmente para hacernos los bocadillos del almuerzo. Y el bus nos llevó al segundo tour sobre ruedas, esta vez por la parte del oeste.


Vimos muchísimas embajadas, edificios preciosos y monumentos geniales inmortalizados en fotos hechas a través de la ventana. ¡Y un poquito más y acabamos en Los Ángeles!
 

El bus por fin se paró después de pasar siete veces por la Friedrichstraße, y empezó nuestro tour a pie. La primera parada fue junto a la catedral francesa (Französischer Dom), construida a principios del siglo XVIII, en Friedrischstadt.


Que está separada por la Konzerthaus,


de la catedral alemana (Deutscher Dom/Neue Kirche). Su hermana gemela.


El guía se tiró su buen rato explicando la influencia de la cultura francesa en la capital alemana, en sus costumbres tanto como en el mismo lenguaje, dando lugar a expresiones realmente hilarantes.



La siguiente parada fue frente a la Universidad Humboldt, una de las mayores y más importantes unviersidades actuales de Berlín, así como la más antigua.


En ella estudiaron hombres de la talla de Hegel, Schopenhauer, Einstein, Marx, los hermanos Grimm... Vamos, una delicia.


Justo en frente de la facultad de derecho (la que sale en la foto de arriba), hay un memorial a la quema de libros que hubo en esa misma plaza de Berlín, representado con estanterías vacías, aunque no puede apreciarse demasiado bien en la foto:


Tras esto, nos llevaron hasta el edificio de la Nueva Guardia (Neue Wache), que ha sido tantas cosas como pudo ser, pasando por monumento a las víctimas del fascismo y un cuartel de tropas general; pero actualmente, presidido a su entrada por la bandera alemana y berlinesa, es un monumento a las víctimas de la guerra y la dictadura:


La última parada de nuestro minitour guiado fue en la CATEDRAL.


La visita a la iglesia de Santa María y de la fuente de nuestro amigo Neptuno, ambas se encuentran en el distrito "Mitte" (el centro), cerca del Ayuntamiento Rojo.


La parada para comer nos llevó a un McDonalds en Alexanderplatz, el centro neurálgico de la ciudad, donde está el palo de la televisión, aunque fue algo decepcionante. 


Natalia y yo apuramos corriendo la comida para que nos diese tiempo a una visita por dentro de la maravillosa catedral antes de la hora de encuentro. Tuvimos apenas... ¿Cuánto? ¿Diez minutos? Y corriendo de un lado para otro, nos acabamos por perder la subida a la cúpula.


En el punto de encuentro nos montaron en el autobús y nos llevaron derechitos a la parte genial (y ya visitada) de nuestro día: el Holocaustmonument (el monumento del holocausto) y la Brandenburger Tor (la puerta de Brandemburgo).


Perdí la cuenta de cuántas fotos les hice a desconocidos y conocidos, de todas las formas posibles: escondidos, asomados, colgando, sentados, en grupo, solos... Y a cambio, me llevé unas pocas yo también :P


Y corrrrrriendo porque casi habíamos acabado con el tiempo libre, a la puerta, en la que estuvimos otra buena hora haciendo fotos.


El tiempo libre volvió a darse por finalizado y nos tocó la parada más importante: visita al parlamento alemán (Reichstag), donde, básicamente, se puede decir que se mueve el tinglado europeo más que en ningún otro sitio. 
Nos dieron un pase de tribuna a cada uno mientras disfrutábamos del sol enoooorme que hacía y del baile de un loco vestido con chándal blanco que lo daba todo ahí en el césped.


Dentro del parlamento, donde los asientos no eran «ni azul, ni lila, sino azul parlamento» (Bundestag blau), nos ofrecieron muchísima información sobre todos los miembros del mismo, así como sobre su funcionamiento, funcionalidad, periódicos actuales y un largo etcétera, que culminó con una charla la cual nadie realmente se enteró muy bien sobre qué era.


Tras unos 40 minutos de charla inentendible que se nos hicieron interminables, llegaba el momento de echarse los trastos al hombro e ir a visitar la parte de la cúpula. 
La parte superior del Reichstag alemán consiste en una cúpula transparente, que simula la transparencia del gobierno alemán, ya que incluso desde allí, al mirar al suelo, se puede ver la sala donde se hacen las reuniones del mismo.
Subiendo por una escalinata ligera con vistas alucinantes, se nos fue narrando todo lo que veíamos a nuestro alrededor, así como la historia de la caída del muro y del mismo edificio donde nos encontrábamos.


Finalmente, y desilusionados por no haber podido ver a nuestra amiga Merkel, nos fuimos del parlamento (aunque a algunos se les olvidó devolver el pase) con vistas anuestra útima visita de este día tan agotador: Topographie des Terrors (topografía del terror).
Consiste en una exhibición permanente expuesta en un antiguo cuartel soviético, de toda la información correspondiente al período más oscuro de Alemania: la época nazi. 


La visita duró muy poco, pero lo que fue, fue increíble. Nos explicaron el ascenso, los orígenes, el éxtasis de este movimiento con imágenes reales, nombres y fechas, momentos concretos y palabras exactas. La imagen siguiente es una de las expuestas con pasaportes de una serie de judíos que fueron extraditados a campos de concentración.


Impactados y con un mal sabor de boca, nos fuimos al hotel a descansar de un día tan agotador.


La mañana siguiente amaneció con otro sol radiante, y ya nos íbamos haciendo a la idea de que el sol de España se había venido con nosotros y de que la nieve huía de nosotros. 
La primera parada programada fue una cárcel soviética: la Berlin-Hohenschönhausen Memorial. Allí, tras la guerra, en la Alemana soviética, se encerraban a los prisioneros políticos y a otros, no tan políticos. Fueron encerrados anticomunistas, antiguos cargos nazis, personas que intentaron cruzar el muro...


Recorrimos sus pasillos, entramos a sus habitaciones, oímos historias sorprendentes, como la de aquella mujer que fue encerrada tres años por pintarle bigote a un alto cargo comunista en un panfleto publicitario.
Un escalofrío nos invadió a todos cuando visitamos la sala de aislamiento, donde los prisioneros debían estar completamente solos hasta un punto que los llevaba a la locura.
Nos enseñaron también las formas de tortura y de interrogatorio, que harían las delicias de cualquier historia sobre el síndrome de Estocolmo.


Con un final de explicación algo abrupto, nos despedimos de nuestra simpática guía y nos fuimos a la última parada programada del día: EL MUSEO DE PÉRGAMO.
Aunque ya había estado, es algo de lo que uno con dos dedos de frente no se arrepiente de visitar dos veces. Las puertas de Ishtar volvieron a sorprenderme como la primera vez y un código de Hammurabi falso se quedó conmigo en un rincón de la primera sala.

La Puerta de Istar (o de Ishtar) era originalmente una de las 8 puertas monumentales (14 metros de altura por 10 de ancho) de la muralla interior de Babilonia, a través de la cual se accedía al templo de Marduk, donde se celebraban las fiestas propias del año nuevo. El nombre de Istar lo recibe de la diosa del mismo nombre a la cual estaba consagrada (diosa de la fertilidad). Fue construida en el año 575 a. C. por Nabucodonosor II en el lado norte de la ciudad y sus paredes azules toman este color del lapislázuli (wikipedia).


Los muros que acompañaban a la puerta conseguían un gran efecto visual. Los leones que los engalanaban, miraban de frente a aquel que entrara por la puerta, advirtiendo a los enemigos que eran voraces y estaban preparados para cualquier ataque; mientras que, para aquel que abandonase la ciudad, los llevaría a su lado en su misma dirección, consiguiendo que el caminante se sintiera seguro y protegido por las fuerzas de los dioses.


El otro punto más sobresaliente del Museo de Pérgamo, es el altar que da nombre al mismo. Se presupone que fue el altar de un templo construido en honor a la diosa Atenea, aunque se desconoce su origen concreto.
Los frisos monumentales que entonces y ahora lo acompañaban representan la historia de la Gigantomaquia (la lucha de los dioses contra los gigantes) y la historia de Telefo, hijo de Hércules y Auge.


Y aquí fue donde pasó lo peor de lo peor y descubrí que... ¡TACHÁN! ¡Todas las fotos de ese día y de parte del anterior habían desaparecido de mi cámara! (Por eso alguna de estas fotos son de Sara <3).
Nadie sabe muy bien cómo o si fue el karma por tener nocilla gratis en los desayunos, pero desaparecieron sin dejar rastro y después de cuatro horas en el museo, me puso de los nervios. 
Por suerte, hubo más de una persona allí para conseguir alegrarme; le cambié la tarjeta a la cámara y no le di más vueltas (ahora está en proceso de intentar arreglarse).

El resto de la tarde fue libre y, como todos los demás quisieron ir al Neues Museum (Museo Nuevo) a ver a la Nefertiti, cosa que también había visto yo, decidí ir por mi cuenta y riesgo a dar una amena vuelta por la ciudad, en la que encontré imágenes como esta:


Y esta:


Es cierto que la puerta de Brandemburgo es mucho más bonita iluminada por la noche.
Esa noche, en la discoteca Matrix, nos despedimos de Berlín por todo lo alto ;)

Finalmente, amaneció nuestro último día. Maleta hecha, desayuno comido y bollos para el almuerzo escondidos, nos esperaba la última visita de nuestra querida excursión: Checkpoint Charlie:


Y, pegadito a él, el museo del muro (Wallmuseum):


Volvieron a contarnos todo lo que ya nos habían contado. La historia del muro, de las dos alemanias y los dos berlines, así como testimonios de personas reales y de las artimañas que algunos utilizaban para cruzar el muro, como esta de aquí:


No duró mucho la visita, y los últimos minutos de Berlín consistieron en ver trozos de muros, comer tarta de queso de un McDonalds y hacer las últimas fotos de un viaje estupendo.



Con muchas ganas de volver una tercera vez a una ciudad que nunca se acaba.
Y es que Berlín es una ciudad de un millón de ocasiones.

1 comentario:

  1. Hostia lo de FAGGOTS no estaba cuando yo fui. Qué mal.
    PD: copiona.

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